Artículo del Facoblog

El día del libro 2018 en el Foro FacoElche

El 23 de Abril se celebra el Día del Libro y con ese motivo la Dra. Carmen Calles de manera espontánea abrió un hilo al respecto en el que sugirió que le encantaba un libro titulado “Visión Binocular”, del que decía que era un maravilloso libro de cuentos, escrito por Edith Pearlman. A partir surgió una iniciativa de citar algún libro relacionado de alguna forma con los ojos, la vista, la visión, etc.

El Dr. Suárez Anzorena nos sugirió el inquietante “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago, el Dr. Carnielli “The world as I see it” (El mundo como yo lo veo), de un “tal” Albert Einstein, el Dr. Sterzovsky “The Eye of the Artist” un libro sobre cómo veían los artistas, el Dr. López Mato varios sobre ciegos y demás…. Curioso, cultos argentinos todos los últimos citados.

La Dra. Elena Rusiñol nos sugiere un libro escrito por un oftalmólogo: “Hay un libro precioso, La Mirada Etiope del Dr. Tomas Marti Huguet”, a lo cual responde éste que al estar agotado ofrece un enlace para su lectura:

http://www.corneamartihuguet.com/biblioteca.php

Cuenta sus vivencias de cooperante de ONG en una época muy difícil en Etiopía.

La guinda del pastel nos la pone Omar López Mato que comparte con nosotros una columna suya fantástica y que reproducimos en su integridad por lo didáctico e interés médico y cultural.

Los libros y las historias contadas por un idiota

Escrito por Omar López Mato

El 23 de abril fue consagrado por la UNESCO como el Día del Libro. Los funcionarios de organismos internacionales eligieron esa fecha porque los textos de historia señalaban que ese día de 1616 habían muerto Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare (también falleció ese día Garcilazo de la Vega y en años posteriores lo hicieron William Wordsworth, Joseph Pla y Tang Xianzu).

En realidad los historiadores de la UNESCO incurrieron en un error, porque entonces España e Inglaterra se manejaban por distintos calendarios (el gregoriano en la península y el Juliano en la Rubia Albión).

Los escritores se han esforzado a lo largo de los siglos en volcar sus impresiones sobre la condición humana. El libro se convirtió en el vehículo ideal para plasmar estas consideraciones sobre el alma de los hombres y sus vicisitudes. En el caso del cisne de Avon, su vida de actor y dramaturgo le había permitido conocer a multitud de personajes que después volcó en su extensa obra. Cervantes le llevaba a su colega una amplia ventaja, ya que el primer trabajo que tuvo, fue como asistente de su padre, médico y cirujano sangrador. Rodrigo Cervantes era algo duro de oído, y Miguel oficiaba de intérprete. A su lado acumuló una extensa experiencia clínica que aumentó con la lectura de libros de medicina, como el de Juan Huarte “Examen de ingenio para las ciencias”. De Huarte extrae el concepto que la mucha lectura de textos de fantasías puede extraviar la mente de algunos individuos (curiosamente, un crítico de la lectura es elegido para recordar el día del libro).

No solo le sirvió a Miguel su experiencia médica para conocer a distintos personajes que poblarían sus libros, sino que fue Cervantes soldado de fortuna (que no la hizo con este oficio) y que además perdió el uso de su brazo, pasando a la historia como el manco de la batalla que salvó el destino del cristianismo: Lepanto.

Miguel fue apresado por los cosarios berberiscos, y pasó varios años en cautiverio, donde seguramente conoció las grandezas y mezquindades del alma humana.

Recuperada la libertad, Cervantes Saavedra fue funcionario del Reino, ejerciendo una de las tareas más odiadas por sus congéneres: recaudador de impuestos. No acabaron acá sus desvelos ni en las desavenencias conyugales (que describe en “El juez de los divorcios”), sino que fue acusado de quedarse con algunos dinerillos del gobierno –percance que su coetáneo inglés llamaba, con notable elegancia, tener una palma pruriginosa (an itching palm).-

Para pasar el tiempo en la prisión (otra notable escuela de vida) escribe las aventuras del licenciado Alfonso Quijano.

Podemos afirmar, con poco miedo a equivocarnos, que la enorme mayoría de los personajes más notables de la literatura universal, no están en su sano juicio. En el caso de Shakespeare desfilan los personajes que podemos encasillar en algún cuadro clínico, como la melancolía de Bottom, la celotipia de Otello, la avaricia de Shylock y así sucesivamente.

En cambio, muchos médicos como Freud y Syndeham, han discutido las posibilidades diagnósticas del licenciado. ¿Era el Quijote un esquizofrénico, un bipolar o un delirante paranoico? Las descabelladas ideas del licenciado “contagiaban” al leal Sancho, constituyendo una Folie a deux, locura de a dos que a veces compromete a una nación…

Volviendo a nuestros libros, podemos sospechar que la intención de Miguel no fue describir a un insano, sino incluir en su personaje a un desfile de insanías en un mismo individuo. “Aunque eso sea locura, veo método en él”, declara un príncipe danés que se pasea con una calavera en la mano, filosofando en lo oscuro de la noche. Así es la “locura” del caballero de la triste figura, una forma elíptica de denunciar el fundamentalismo que corroe a la mente de los individuos, el alma de la sociedad.

El mundo que Cervantes y Shakespeare conocieron era mezquino y violento, con algunos destellos de genio y nobleza, no muy diferente al que hoy vivimos. Uno se valió de las desventuras del caballero para describir el mundo, mientras que el otro recurrió a amantes apasionados, mercaderes avaros, reyes enajenados, mujeres encendidas y romanos confabulados contra el poderoso de turno.

Los griegos sostenían que toda la filosofía es la eterna búsqueda de una respuesta para saber qué está detrás de ese velo tenebroso que llamamos muerte.

William y Miguel se acercaron a ella de forma distinta, aunque sus libros le aseguraban un lugar para vivir en nuestra memoria después de entregar su alma al Señor y su cuerpo a los gusanos.

William, conocedor de la vocación de sus congéneres de remover tumbas y huesos, dejó una maldición escrita en su lápida para desalentar a todo aquel que osase perturbar el reposo que bien se había ganado.

Miguel pidió ser enterrado en el Convento de la Trinitarias Descalzas de Madrid, porque habían sido ellas quienes lo rescataron de la prisión en Argel. A medida que dicho convento se remodelaba, cada vez que ingresaba un nuevo habitante a la necrópolis, el cuerpo de Cervantes era trasladado de un lado a otro, con tanto descuido y desorden que al final nadie puede precisar dónde reposa el autor del Quijote.

Tanto Miguel como William sabían que la vida es una historia narrada en un libro por un idiota, con furia y estruendo. Y estaban seguros que después de su final, los idiotas seguirían contando la misma historia una y otra vez…

Autor

Omar López Mato (Argentina)
• Médico oftalmólogo
• Investigador de la historia del arte.
• Director del Instituto de la Visión.
• Director de la editorial Olmo Ediciones.

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